Omnes una monet nox
Omnes una manet nox
(“Una misma noche nos espera a todos”)
—Pónganla en la mesa —ordenó el padre.
El ritual estaba por comenzar.
Los fieles ya ocupaban sus lugares, murmurando un cántico que se intensificaba con cada repetición:
—Morituri te salutant... Morituri te salutant...
La vibración era colectiva. Ardía bajo la piel. Retumbaba en los cimientos de aquella iglesia gótica, cuyas columnas parecían latir con cada eco.
Era una construcción solemne: piedra negra y cantera tostada, con altos salientes afilados como lanzas. Mármol blanco esculpido en figuras masculinas y adultas, de rostros severos. La fachada era sombría, pero majestuosa. Las puertas, talladas con inscripciones en latín, eran de madera antigua, casi negra, y pesaban como secretos.
Los vitrales, opacos pero sugestivos, mostraban a los antiguos sacerdotes de la Orden, a los caballeros mártires de la guerra santa, y a los símbolos sellados que solo los iniciados sabían interpretar.
El padre —guía, protector y voz de la Orden— se acercó a la joven.
Veintidós años. Cabello rojizo. Pura desde el nacimiento.
Arropada apenas por un velo de seda blanca, casi translúcida.
—Aequat omnes cinis —dijo el padre con solemnidad.
—Aequat omnes cinis —respondió su rebaño al unísono.
—Nos encontramos aquí, hermanos míos, para ofrendar a esta doncella. Ella será el sacrificio que nos purgue. No olviden sus actos. No ignoren sus culpas. Mañana nacerá una nueva etapa para esta colonia. Mañana... comenzará la consagración divina.
El fervor se volvió estruendo. Gritos extáticos. Rostros encendidos por la fe o la fiebre.
El padre se colocó junto a la joven, que yacía sobre la gran mesa de piedra. No era una mesa: era una roca ancestral, tallada a mano durante generaciones, para un solo fin. Se inclinó hacia ella.
—Aequat omnes cinis —le susurró al oído.
Un sacerdote se acercó, portando un objeto envuelto en lino.
La cuchilla.
—He aquí el cuchillo que dio muerte a nuestro salvador.
He aquí el filo que cortará nuestros pecados.
He aquí la herramienta de un nuevo destino.
La joven despertó. Sus ojos se abrieron lentamente. Vio al padre. Vio la hoja. Vio las velas y los candelabros colgando como estrellas pálidas en el techo oscuro.
Intentó gritar, pero no encontró la voz. Solo sintió frío. Un espasmo gélido en el vientre. Y luego... un calor húmedo, que se deslizaba por su espalda.
La cuchilla había entrado. El vestido blanco ahora era un velo de sangre.Su pecho subía y bajaba una última vez.
—Hermanos —dijo el padre—, vengan y beban. Su sangre nos purifica. Ella no está manchada como nosotros. Su pureza nos limpia.
Los creyentes se pusieron en pie.
Formaron una fila silenciosa. Uno a uno, con una copa de oro en mano, bebieron del cáliz. Hombres, mujeres... incluso los niños. Todos debían probar el cuerpo de la salvación.
—Mañana será un nuevo día —continuó el padre—.
Un día sin culpa. Sin sombra. Hoy hemos sido purgados.
—Salve, gran padre —corearon todos al unísono.
Toda la colonia lo sabía:
El sacrificio traería fortuna. Mejores cosechas. Lluvias limpias. Niños sanos. Mentes tranquilas. Armonía.
Y así sería… hasta que otro grupo de desconocidos se acercara. Entonces, haría falta otra pureza. Otro cuerpo.
Siempre era igual. Gente vestida distinto. Aparatos que no entendían. Colores llamativos en sus mochilas. Zapatos limpios. Relojes extraños.
Y siempre… la misma pregunta:
—¿Cómo regreso al poblado? Nos desviamos del camino…
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