Las pecas de la luna. Capítulo 2

Desperté con el retumbar de tambores.
La capucha que cubría mi cabeza no me permitía distinguir figuras; apenas pequeños destellos de luz, como antorchas lejanas deformadas.
De pronto, un silencio brutal.
—Kayuc ahut eht ahie!! Willyiop yaghur unka eht! —tronó una voz a mi lado.
La capucha se deslizó de golpe.
El brillo me hirió los ojos.
Jamás había visto un lugar semejante: ninguna pintura, película o la imaginación más desbordada podrían concebir lo que se desplegaba ante mí.
Seres de piel roja, cabello negro con destellos blancos, de forma humanoide pero mucho más altos: algunos superaban los dos metros.
A mi lado, un anciano de pecho ancho, con decoraciones brillantes que le daban un aire de sabiduría eterna.
Entre ellos había niños de mi estatura y lo que parecían bebés de apenas medio metro.
Sus antorchas, encajadas en los árboles, sostenían cráneos de animales —o algo parecido— como si fueran farolas macabras.
Algunos cráneos recordaban cerdos, vacas o cabras… o eso me decía mi mente, aunque yo ya había visto sus corceles de tentáculos y nada aquí debía obedecer a mis referencias.
Lianas colgaban de las ramas; en ellas se balanceaban figuras rojas que comían carne o frutas. Otros portaban arcos, lanzas o cuchillos de piedra.
Parecían rudimentarios, de tecnología arcaica.
Uno de ellos se acercó.
En sus manos traía una hoja grande, doblada, llena de agua.
Dentro nadaban moluscos blanquecinos con toques rosados.
Vertió el agua en mi oreja.
Sentí cómo los moluscos golpeaban mi piel.
Uno se adhirió a mi canal auditivo.
El horror comenzó.
Un calor agudo penetró mi cabeza.
—¿Quién eres? ¿Por qué vistes así? —preguntó el anciano, con una voz que ahora entendía.
—¿Cómo… cómo puedo entenderte? —balbuceé.
—El pez Kue'Zho On —dijo— tiene una ventosa que se adhiere a la mucosa y segrega una sustancia que agudiza funciones cerebrales.
Al escuchar unas cuantas palabras de nuestro dialecto, tu cerebro comprendió la gramática básica.
No es que te haga más inteligente: solo despierta tu capacidad auditiva y de comprensión.
Tragué saliva.
—Soy Jeremías. Caminaba en el bosque con amigos y mi novia. Vimos unos hongos azules con puntos blancos que brillaban bajo la luz. Los comimos y nos recostamos en el pasto… cuando abrí los ojos, desperté aquí. No sé si sigo en la Tierra.
—La Tierra… sistema Vía Láctea —replicó— está a veintidós mil grets de aquí.
Para que comprendas: con nuestras mejores naves, el viaje tomaría quinientos cuarenta y siete años.
Es un misterio cómo llegaste si su tecnología no lo permite.
—¿Han encontrado a otras personas como yo?
—No. Eres el único terrestre conocido. Hay comerciantes de ese planeta, pero su ciencia es tan antigua que apenas tratamos con ellos.
Tu presencia solo puede significar que alguien —o algo— te trajo.
—¡Mira! —saqué un hongo de mi bolsillo—. Este es el hongo que encontré.
Al alzarlo hacia la luz, el hongo proyectó un mapa estelar, dibujando los sistemas del Sistema Galáctico Conjunto Estelar —SGCE— en un resplandor que flotaba entre nosotros.
—Sorprendente —murmuró el anciano—. Debemos estudiarlo.
Sacó una lengua larga, como de lagarto, y lamió el hongo.
En un parpadeo, desapareció.
—¡¿Qué?! ¿Dónde está?! —grité.
De pronto reapareció, envuelto en un polvo de estrellas y humo luminoso.
—Como te dije, vuestra tecnología es primitiva. Probé el objeto y me transportó a un planeta vecino. Luego a mi mundo de origen. Es extraño… ¿dijiste que había más?
—Sí, cinco o siete.
—Entonces un equipo completo podría… permíteme.
Probó de nuevo el hongo y volvió a desvanecerse.
Cuando regresó, su voz sonó grave:
—Ahora me llevó a un planeta más lejano del SGCE. Este dispositivo comestible puede burlar los sistemas de seguridad y trasladar a cualquier mundo dentro de nuestro conjunto estelar.
Se irguió y ordenó:
—¡Guerreros! Id al punto donde apareció Jeremías el Terrestre… —me miró—, perdón, solo Jeremías.
Instalad un cerco de vigilancia, una barrera dimensional y un perímetro aéreo y subterráneo de siete keiks a la redonda.
Vigías: analizad los cuerpos en el planeta, identificad nuevas especies.
Diplomáticos: comunicad al SGCE que un dispositivo comestible, hallado en el arcaico sistema Vía Láctea, puede burlar nuestra seguridad y viajar libremente.
Luego se volvió hacia mí.
—No eres enemigo, Jeremías. Tu comprensión es todavía limitada. No podrás regresar a casa por ahora.
Mientras, permanecerás con mi hija Wian Khy. Ella te enseñará lo necesario.
—¡¿Qué?! ¿Alguien nos va a atacar? ¡No sé ni dónde estoy! —grité.
El anciano me hizo un gesto lento, casi paternal.
—Ustedes son tan arcaicos, Jeremías. Ella te explicará.
Una joven de piel escarlata se aproximó.
—Hola, Jeremías. Aprenderás mucho. La única consecuencia es el dolor cerebral que tendrás después. —Sonrió mientras tentáculos naranjas con ventosas rosas se extendían desde su frente hacia la mía.
—Ahora recibirás la primera dosis de conocimiento.
Cuando las ventosas tocaron mi piel, un torrente de imágenes me atravesó.
Vi su nacimiento, su educación, su vida entera en diez segundos.
—¡Ustedes… cogen con las bocas! ¡Sin penetración, solo un beso! ¡Y nosotros somos los arcaicos! —exclamé, atónito.
Wian Khy alzó una ceja.
—Has visto una vida completa y te quedas con ese detalle.Ahora recibirás lo mismo de otras dos personas: nuestro mejor guerrero y el embajador ante el SGCE.—
Tras el proceso, supe quiénes eran, cómo vivían, cuál era el rol del SGCE en el gran cosmos.
Y comprendí, con un vértigo que me vació el estómago: mi planeta, mi existencia…
eran menos que una hormiga ante todo lo que acababa de descubrir.

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