Un nuevo amanecer
Un nuevo amanecer
Han pasado 37 noches desde que nuestro barco sufrió una avería. Pudimos salir en los botes salvavidas antes de que se hundiera. Tomamos lo que pudimos; algunos audaces se aventuraron a rescatar algo de la cocina mientras el barco, poco a poco, era devorado por el inmenso océano. El fuerte oleaje golpeaba el casco con la misma furia que aquel viento intenso que derrumba cualquier árbol a su paso. Tres botes alcanzamos a salir. Muchos no corrieron con la misma suerte.
Durante nuestra marcha, divisamos una isla y navegamos hacia ella. Esperábamos encontrar alguna forma de regresar a casa. No fue así.
Nuestro “asentamiento”, hecho de palmeras caídas, lodo y hojarasca, era el recuerdo más cercano que teníamos de la civilización. La hoguera fue la cúspide de nuestra evolución ahí. Un señor que, en su juventud, fue parte de un movimiento scout, sabía cómo encender una fogata y tenía un conocimiento vago y antiguo sobre la supervivencia en la naturaleza.
Las noches eran un asunto particular. Escuchábamos ruidos, rugidos y chillidos. No eran normales, no pertenecían a ningún animal que conociéramos. Algunas noches, los rugidos eran tan fuertes que el campamento entero se estremecía.
Algunos colonos —como me gustaba llamarles— se aventuraron a explorar la isla, dejando marcas en los árboles para poder regresar. Se internaban durante días y noches. En ocasiones regresaban uno o dos, luego el resto... pero una noche nadie volvió. Llevan perdidos más de 12 lunas.
Este diario es el único registro que llevo. Lo único que contará nuestra historia y explicará por qué nunca deben venir a esta isla. Aceptamos nuestro destino, pero por el bien de ustedes, como sociedad, como mundo, deben mantenerse alejados de las entrañas de este lugar.
Hace una semana me tocó salir a explorar. Los cocos se habían terminado, las provisiones escaseaban y los pocos animales que podíamos cocinar se habían alejado lo suficiente del campamento. Debíamos adentrarnos en la isla.
La idea era subir la montaña para ver el resto del territorio y encontrar puntos de interés, pero eso es más fácil de decir que de hacer. Llegamos a un río claro y transparente. El agua era dulce y refrescante. Nos emocionamos de tener algo más que beber, y jugamos un rato en el río, hasta que algo similar a un jabalí llamó nuestra atención. Se acercó al agua, bebió, y a lo lejos se escuchó un rugido tan fuerte que el pobre animal huyó espantado, adentrándose en la selva.
Nosotros, al ver el instinto de aquel temeroso animal, hicimos lo mismo. Solo escuchábamos cómo la maleza se rompía, los árboles crujían al ser destruidos, y la tierra comenzaba a vibrar.
Cada paso que dábamos parecía acercarnos más a esa inmensa fuerza que dominaba la isla. Nos quedamos quietos. Una joven subió a un árbol; quería ver qué provocaba tal espectáculo. Todo fue silencio... hasta que su grito resonó tan fuerte que nos dolieron los tímpanos. Nos asustamos, pero cuando quisimos reaccionar, nadie podía moverse.
El grito fue silenciado de golpe. Solo pudimos ver las piernas de la chica saliendo de la boca de aquella criatura. Era tan alta como un Shihuahuaco, y eso que esos árboles alcanzan los 40 metros. Las grandes copas no bastaban para cubrir las espinas que se alzaban sobre su espalda, como la aleta dorsal de un pez león, anchas, huesudas, recortando el cielo.
Entre los árboles se podían distinguir, con detenimiento, escamas o una piel recubierta de una textura firme, similar a la de un lagarto. Sin moverme, observé el suelo: las garras de la criatura eran tan grandes como un automóvil. Cada pisada podía derribar un árbol sin problema. Vi dos enormes extremidades con uñas desgarradoras, y más adelante, otras dos más pequeñas, con forma de dedos alargados. Una de ellas sostenía el joven árbol donde había estado la chica, como si fuera una brocheta de carne.
Uno de nuestros compañeros tenía tanto miedo que corrió gritando... o más bien, llorando por su vida. La criatura lo siguió. Fue entonces cuando me percaté de su inmensa cola, tan larga como dos camiones de pasajeros juntos, cubierta de pinchos que descendían desde su espalda. En un instante, su grito también se apagó.
Fue mi oportunidad para, en silencio, retirarme del lugar. No sé cómo llegué al campamento. Les conté lo que había pasado, pero ninguno me creyó. Pensaron que mentía.
Sin embargo, desde ese día, todos rezan antes de dormir.
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