Ataque en Xochi-ï XII

Nuestro mundo es Xochi-ï XII, llamado así por nuestro gran creador y guardián. Era la cuarta luna del feriado Tlal-ïx. Las estrellas vibraban resplandecientes: destellos de colores que estallan como chispas de hoguera, iluminando el cielo con un fulgor que parecía llamar a los antiguos. A lo lejos se deslizaba el cometa 1316 Axtchik, cada bisaño nos visitaba y anunciaba las festividades. El aire olía a flor de canal y a misterio.


Éramos un gran pueblo. Pero esa noche... todo cambió.


Llegaron desde el firmamento unas naves extrañas, de brillo rojo y formas imposibles. No eran aves ni cometas. Eran objetos de otro mundo, con piel metálica como nuestras espadas, pero más pura, más viva. Se asentaron al sureste de nuestra ciudad, como si ya hubiesen estado aquí antes, reclamando territorio perdido.


Entonces, una compuerta se abrió.

Del interior emergió una figura. Más alta que cualquiera de nosotros. Su piel era de un gris denso, casi azulino, cubierta por una textura escamosa y húmeda, como si la imaginación misma hubiese parido su cuerpo. No caminaba: flotaba pesadamente sobre la rampa, y al hablar, su voz era un zumbido áspero, incomprensible, seguido de un canto armonioso que congeló el aire.

Las naves se abrieron.

Salieron más.

Montones.


Supimos entonces que nuestro hogar ya no era nuestro.


Los guerreros alzaron sus armas. Los caballos fueron ensillados. Yo tomé la gran espada heredada por generaciones, la que defendió al pueblo en las guerras del pantano, cuando el lodo sangraba y el cielo lloraba fuego.


Entonces, la criatura —la primera, la más imponente— alzó un objeto entre sus aletas.

Un destello verde cruzó el aire como un relámpago mudo.

Y el centro de la ciudad explotó.


Vi cuerpos volar, construcciones derrumbarse, gritos ahogados en el lodo.

Corrí.

Corrí hacia ellos.


Aquel ser tenía bigotes como raíces, colmillos curvos y piel gruesa. Su forma era rechoncha, su cuerpo parecido al de una ballena mutilada, su mirada… casi humana.

Le herí.

Gritó.


No gritó como bestia.

Gritó como nosotros.

Con miedo.

Con dolor.


Mis hermanos me siguieron con lanzas y escudos. Los combatimos cuerpo a cuerpo. Sus defensas eran brutas, dependían de su peso, de su fuerza. Su cola, ancha y poderosa, arremetía como un látigo húmedo. Pero nosotros éramos más rápidos. Más precisos.


Uno a uno, cayeron.


Y entonces él apareció de nuevo.

El primero.

El coloso.


Su rugido no tenía palabras, pero helaba la sangre. Nos enfrentamos entre las ruinas. Espada contra fuerza bruta. Su carne era blanda pero resistente, su aliento salado. Peleamos hasta llegar a las puertas de la ciudad, donde el agua comienza y los recuerdos se pierden.


Vi a mis compañeros, caídos, desmembrados.

Vi mi ciudad, deshecha.

Él también miró a los suyos, abiertos como peces de mercado, sus entrañas húmedas encharcando la tierra.


Gritó.

Y cargó contra mí.


Apreté la empuñadura de mi espada. Cada paso hacia él era eterno, como si el tiempo se derritiera. Podía ver cada rasgo: su piel ceniza, su hocico chato, sus colmillos, su vientre redondo. Era un delfín monstruoso, una fábula marina traída por los astros.


Cuando iba a embestirme—


—¡Pedro! ¡A comer! ¡Ahorita sigues jugando! —

—¡Sí, mamá! Ya voy...


Pedro volteó hacia sus juguetes: unas figuras de manatíes y figuras de bloques.

—Luego seguimos jugando —dijo en voz baja, dejando caer los juguetes, mientras unos chocaban con latas de refresco y construcciones armadas.


Y en mi última memoria, vi al gran enemigo cayendo al río, ese donde tantos se han perdido, donde nadie regresa.

Donde él, ahora, será el nuevo guardián de los grandes canales.


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