Carta de una joven
Carta de una joven
Eran tiempos de guerra.
Nuestro pueblo no había conocido descanso.
Los conflictos llevan más tiempo del que yo llevo viva. Se hablan de ellos en textos antiguos, escritos en una lengua que ya no usamos.
En la escuela —si así se le puede llamar— nos explicaban por qué existía este odio, por qué el conflicto era parte de nuestra tierra, de nuestra sangre, de nuestra etnia.
Nos enseñaban que no debíamos rendirnos, que pelear era nuestra forma de existir.
Pero para mí, todo eso era insignificante.
En aquella etapa de mi vida solo quería jugar, ayudar en casa.
Las mañanas eran para estar con papá, arreando el ganado, cargando los botes de leche hasta el mercado.
A veces, con mamá y las demás mujeres del pueblo, preparábamos comidas para las celebraciones religiosas.
Había momentos de alegría.
Pocos, sí, pero reales.
El clima no puedo juzgarlo mucho: es lo único que conocí.
Tormentas de arena, un sol que abrazaba hasta arder, un aire cálido que parecía pesar.
Pero las noches eran distintas.
Frescas, tranquilas.
Subía al techo de la casa a mirar las estrellas. Me dejaba ir entre mis pensamientos, creyendo todo lo que escuchaba en la mezquita.
Ayer cancelaron la escuela.
No por decisión de mi familia.
Simplemente… ya no hay escuela.
Un misil cayó en la madrugada.
Despedazó el edificio, y con él, varios hogares.
La alarma sonó, despertándonos.
No sabíamos a dónde ir.
Mi padre salió de casa, miró al cielo.
Solo se oían gritos por toda la calle.
Y los rezos de mi madre.
Desde la puerta, vi a los vecinos en medio de la calle.
Algunos no se movían.
Rezaban.
Creían que sus oraciones los protegerían. Que la fe sería su escudo.
Y entonces…
El zumbido.
La explosión.
La tierra tembló y todo se sacudió.
Quise llorar del miedo, pero no pude.
Mi rostro se llenó de polvo y tierra.
Sentí los pulmones pesados, como si el aire mismo estuviera roto.
Mi madre me abrazó con fuerza.
Sus lágrimas caían sobre mí,
su respiración agitada golpeaba mi pecho como los escombros que volaban alrededor.
Mi padre volvió, manchado de sangre.
Una parte del edificio había volado por el aire.
Le cayó a un señor que iba junto a él.
La fuerza del impacto fue tal que la sangre del hombre salpicó a todos.
Te cuento esto porque es difícil vivir donde el odio se hereda desde que se aprende a caminar.
Nacimos aquí, pero nos quieren imponer otra forma de vivir.
Nos obligan a olvidar quiénes somos, en nombre de una guerra que no elegimos.
Hoy seguimos sin escuela.
Seguimos temiendo los bombardeos.
Seguimos atrapados en esta realidad de arena y pólvora.
Pero hay algo que me salva.
Solo una cosa.
Nuestras tradiciones.
Esa danza que mi madre me enseñó.
La que bailamos en las festividades.
Cuando danzo, algo se abre en el pecho.
Es como si escapara. Como si viajara lejos, a lugares que jamás conoceré.
Y en esos minutos…
Soy feliz.
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