Carta de una joven
Carta de una joven Eran tiempos de guerra. Nuestro pueblo no había conocido descanso. Los conflictos llevan más tiempo del que yo llevo viva. Se hablan de ellos en textos antiguos, escritos en una lengua que ya no usamos. En la escuela —si así se le puede llamar— nos explicaban por qué existía este odio, por qué el conflicto era parte de nuestra tierra, de nuestra sangre, de nuestra etnia. Nos enseñaban que no debíamos rendirnos, que pelear era nuestra forma de existir. Pero para mí, todo eso era insignificante. En aquella etapa de mi vida solo quería jugar, ayudar en casa. Las mañanas eran para estar con papá, arreando el ganado, cargando los botes de leche hasta el mercado. A veces, con mamá y las demás mujeres del pueblo, preparábamos comidas para las celebraciones religiosas. Había momentos de alegría. Pocos, sí, pero reales. El clima no puedo juzgarlo mucho: es lo único que conocí. Tormentas de arena, un sol que abrazaba hasta arder, un aire cálido que parecía pesar. Pero las noch...