Las pecas de la luna. Capitulo 7

En la base secreta

—¡Azhumii! ¡Tenemos que saber qué pasó con la SGCE! —gritó Wian.
—¡Quiero ese informe ya! —replicó Azhumii con voz firme.
En la base secreta, decenas de seres de distintas razas tecleaban frenéticamente en paneles de control. Cada pantalla destellaba con datos caóticos, rutas estelares y señales codificadas. La tensión se palpaba como electricidad en el aire.
—Tenemos la información, mire —dijo un polposio, extendiendo uno de sus tentáculos hacia la pantalla principal.
En ella, el registro era claro: la flota completa de la SGCE había sido aniquilada.
Solo una nave permanecía entera, orbitando junto a una masa irregular que parecía un asteroide. Las lecturas de vida indicaban siete formas distintas, todas de especies diferentes. El resto… era silencio.
—¿Cómo es posible? —susurró Azhumii.
—Wian, debes encabezar la operación —dijo con gravedad—. Todos seguiremos tus órdenes.

En la nave principal de la SGCE

—Detectamos múltiples señales inspeccionando el sector —anunció una sombra alargada.
—Encuentren el punto de origen —ordenó la voz grave desde el trono de mando—.
No podemos permitir testigos. Nadie debe saber que seguimos aquí.
Los tentáculos oscuros del vacío se reflejaban en los ventanales del puente.
—Rastreando... —susurró la sombra, mientras la luz roja de los sensores parpadeaba.
—La señal proviene de un planeta minero, cuatro sistemas más allá.
El ser del trono se incorporó, su figura apenas distinguible de la negrura que lo rodeaba.
—Cancelen el rumbo hacia la base central. Nos dirigiremos a ese planeta.
Quiero saber quién se atreve a mirarnos.
—¿Abrimos el puente dimensional, señor?
—No. —La voz retumbó en el puente—. Viajemos por el curso normal. Que vean venir su destino. Que el miedo les envenene los pensamientos.

En la base secreta

—¡Azhumii, Wian! —gritó uno de los técnicos—. ¡La nave ha fijado rumbo directo hacia nuestra posición!
—¡Maldita SGCE! —exclamó Azhumii golpeando la mesa—. No sabíamos que aún podían rastrear nuestras señales.
—No es la SGCE —dijo Jeremías con calma—. Es algo más.
El silencio cayó como un manto helado sobre todos. Wian giró hacia Jeremías.
Él le tomó la mano.
—No estás sola —le susurró dentro de su mente.
Entonces alzó la voz:
—Vamos a enviar un mensaje a todo el universo. A todos los planetas. El mismo mensaje que vi antes de huir de tu mundo, Wian. Si ellos destruyeron la SGCE, debemos hacerles creer que fuimos nosotros.
Azhumii lo miró con incredulidad.
—¿Engañar al universo entero?
—Exacto. Si creen que nosotros los vencimos, querrán unirse a nuestra causa. Y la SGCE, al intentar contactar con su flota destruida, confirmará la mentira. Se lanzarán a atacarlos con todo lo que tengan.
Jeremías sonrió.
—Los vergazos estelares están por comenzar.
—No sé qué significa eso —dijo Wian—, pero entiendo lo que debemos hacer. ¡Vamos a transmitir un mensaje a todos!
Azhumii negó con la cabeza.
—No tenemos equipo para tanto. Apenas podríamos llegar a cuatro planetas cercanos.
Un polposio intervino:
—Podríamos hackear la señal central de la SGCE. Si infiltramos el código desde su base, el mensaje se retransmitirá a todo el universo. Pero el acceso debe hacerse desde la central.
Jeremías sonrió otra vez.
—Entonces, iremos allá.
—¡No puedes! —exclamó Wian, sus lunares rojizos parpadeando por la ansiedad.
—Tranquila. Ya viste que puedo ir y volver en un instante. —Le guiñó el ojo—. Mientras tanto, preparen el video.

En una cámara al fondo, las luces parpadeaban sobre una bandera improvisada hecha con tela espacial y piezas metálicas.
Jeremías se colocó frente al lente.
—¿Listo, terrícola? —preguntó Azhumii con tono desafiante.
—Listo —respondió él, mirando a Wian.
Grabaron.
—“Soy Jeremías. Mi tripulación de saqueadores abordó la nave principal de la SGCE. Tenemos a sus líderes, incluso al supremo. Si no me creen, intenten comunicarse con ellos.
Y a todo el universo: quien me quiera atacar, los reto. Ninguno de ustedes es mejor que un terrícola.
Quien quiera unirse, recuerde mi nombre: soy Jeremías.”
Azhumii lo miró horrorizada.
—¡Eso no es un mensaje político, es una declaración de guerra!
El polposio rió.
—Justamente por eso funcionará. Ellos verificarán la señal. Cuando descubran que la SGCE no responde, atacarán. El universo arderá… y este hombre será su chispa.
Jeremías sonrió de nuevo.
—Gracias, señor pulpo.

Toda la unidad de infiltración estaba lista.
—Todos listos —dijo Jeremías.
—Recuerden, debemos estar físicamente conectados —advirtió—. Manos, tentáculos o lo que tengan, pero todos unidos.
Wian le habló en silencio:
“Jeremías, vuelve conmigo.”
Él asintió.
El aire vibró. Un torbellino de polvo estelar los envolvió hasta desintegrarlos en luz.
Aparecieron en una sala colosal. Cables como raíces de un dios mecánico trepaban por las paredes, pulsando con energía azul.
—¿Dónde estamos? —preguntó una serpiende.
—En el núcleo —dijo el polposio, maravillado—. El corazón de la central. Desde aquí se controla el universo.
—Entonces hagámoslo valer —dijo Jeremías.
Trabajaron con precisión quirúrgica. La serpiente reptaba entre paneles; el polposio se multiplicaba en tareas; un huago vigilaba la puerta.
—Listo —anunció la serpiende—. Podemos controlar todo.
—¿Podemos mover la base? —preguntó Jeremías.
—Podemos moverla, reprogramar leyes, modificar divisas… o mandar el fin del universo —rió el polposio.
—Haz ambas cosas. Envía el mensaje y prepara la colisión.
—Hecho —dijo Kugh—. La central se teletransportará cuando la nave enemiga entre en rango. Si la suerte está de nuestro lado, se destruirán mutuamente.
Jeremías respiró hondo.
—Entonces volvamos.
El polvo estelar volvió a envolverlos. En segundos, ya estaban de regreso en la base secreta.
—¡Jeremías! ¿Qué pasó? —preguntó Wian.
—El comandante nos llevó al núcleo —explicó la serpiende—. Cumplimos la misión.
Azhumii lo observó con una mezcla de incredulidad y respeto.
—No puedo creer que un terrícola haya hecho eso.
—Créelo —dijo Jeremías con media sonrisa.
Un ser pez interrumpió:
—Comandante, la nave mantiene su rumbo. Llegará en cuatro kerks.
—¿Cuánto es eso en tiempo terrícola? —preguntó Jeremías.
—Treinta y dos horas —respondió Azhumii.
—Tenemos tiempo —dijo Jeremías—. Prepárense todos. Revisen transmisiones, datos, movimientos. Yo necesito hablar con ustedes dos.
Azhumii y Wian lo siguieron a una cámara cerrada.
—Azhumii —dijo Jeremías—, necesito algo que pueda destruir esa nave. ¿Puedes fabricar una bomba de esa magnitud?
—No sé qué planeas, pero puedo hacerlo —respondió ella, saliendo de inmediato.

La habitación quedó en silencio. Wian tomó las manos de Jeremías.
—Tu ausencia me asustó —susurró—. Eres quien mantiene viva la memoria de mi planeta. La energía de mi padre fluye en ti.
Jeremías la miró con ternura.
—Tu padre me enseñó a ver más allá de las estrellas. Antes solo veía puntos de luz en el cielo; ahora conozco mundos, hablo con razas imposibles… y estoy frente a ti. No quiero perder esto.
El rostro de Wian se cubrió de lunares rojos.
—¿Qué son esos? —preguntó él, fascinado.
—Una respuesta corporal ante un sentimiento cálido —dijo ella, apenas sonriendo.
Ambos quedaron callados.
Jeremías pensó: “Tengo unas ganas de besarla.”
—Puedes hacerlo, si realmente lo deseas —respondió Wian telepáticamente, acercándose.
Él rió con suavidad.
—Maldita comunicación telepática…
Ambos rieron, y por un instante, el universo fue solo un respiro suspendido entre dos almas.


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