Las pecas de la luna. Capitulo 6
—¿Qué hacemos? —gritó el capitán.
Los cuerpos que faltaban comenzaron a moverse; recorrían las naves como sombras pegadas al metal. Más cadáveres emergían del Vacío. Los que chocaban con una nave se aferraban a ella; los que no, desaparecían en la negrura del espacio. Ya aferrados, buscaban la forma de entrar: dañaban motores, golpeaban cristales, arañaban paneles. No importaba el método; su objetivo era destruir las naves.
—¡Activen los escudos y desplieguen el cinturón magnético con todas las naves! —ordenó el Supremo Líder.
—Atención, todas las naves: activen escudos y desplieguen el cinturón magnético —transmitió el capitán por radio.
La flota galáctica de la SGCE empezó el despliegue. El cinturón magnético, arma defensiva diseñada para repeler objetos y desechos espaciales, se extendió alrededor de la formación. Durante años lo habían usado para esquivar cometas y basura; ahora su supervivencia dependía de él. Poco a poco, los cuerpos fueron rechazados; unos cuantos quedaron colgando de salientes y bordes metálicos.
Del Vacío ya no emergían más cadáveres; parecía haberse detenido el ataque.
—Cierren el cinturón y aproxímense al Vacío. Activen los sensores de reacción solar y preparen armamento. Disparen a cualquier cosa que salga de ahí —ordenó el Supremo, tomando la radio él mismo.
En ese momento, del Vacío surgió una señal. Sus ondas se hicieron visibles en el espacio, propagándose como latidos por todo el sector. La transmisión sacudió las naves: afectó sensores y radios. La señal cruzó el cinturón de naves y llegó a planetas vecinos; su intensidad era tal que pronto se perdió en el oscuro infinito.
—Señor, es una transmisión —informó un operador.
—Reprodúcela —ordenó el Supremo.
La voz que salió por los altavoces fue gélida y solemne:
«Aquellos que van contra los principios, aquellos que luchan por la luz, descubrirán que este día será consumido por la oscuridad. Los que se opongan serán destruidos. Quienes ansíen vivir en la noche sabrán que su vida será eterna y gloriosa. Última advertencia: entreguen sus naves y serán consumidos en este instante.»
—¡Disparen con todo al Vacío! —rugió el Supremo—. Nadie jugará con la SGCE. Nadie me quitará el poder. ¡Soy el Supremo Líder de la SGCE! ¡Somos los protectores de todos los sistemas galácticos! ¡La luz vencerá a la oscuridad! ¡Fuego!
Toda la flota abrió fuego. La nave principal acumulaba energía para activar su arma definitiva, la que podía aniquilar un sistema entero. Los indicadores subieron:
—97% de energía.
—98%.
—99%.
—Fijen objetivo. Disparen cuando esté lista.
—100%. ¡Disparando al centro del Vacío! —dijo el teniente en armas.
La energía convergió por conductos y haces hasta una antena resplandeciente. Rayos de poder, a la vez lentos e inmensos, se condensaron en un punto que brillaba con la intensidad de una estrella. Un halo de luz cubrió la antena.
—Listos para disparar. Esperamos su orden, Supremo Líder.
—Dispara y acaba con esa maldita cosa.
—Disparando en 3... 2... 1... ¡Fuego!
La antena escupió un rayo tan brillante que iluminó el espacio como si fuera un sol. Avanzó veloz hacia el Vacío; la activación estremeció la formación hasta romper el cinturón magnético. Varias naves fueron afectadas y salieron de la formación. Era una luz tan intensa que el único punto oscuro era el propio Vacío; todo lo demás quedó iluminado como en el día más claro.
El Vacío se estremeció. Su forma palpitó bajo la entrada de energía, absorbiendo el destello como si lo devorara.
—Estamos llegando al límite, Supremo Líder —informó el teniente—.
—Continúen hasta que se apague —ordenó el Supremo.
El Vacío resistió y soportó aquel asalto de luz. La antena explotó y el rayo se extinguió. El fenómeno dentro del abismo no cesó: algo empujaba desde dentro.
—Mire, Supremo, parece que tuvimos éxito —dijo un oficial con esperanza.
En el centro del Vacío comenzó a tintinear una luz diminuta. Con cada pulso crecía y brillaba con mayor fuerza.
—Nada puede resistir a las armas de la SGCE —aseveró alguien.
Entonces una voz profunda, grave y cavernosa resonó en la sala de mando; su tono heló a todo el personal.
—El Vacío es más que la nada. El Vacío y yo nos oponemos a tus actos terroristas.
Junto al Supremo apareció una figura negra: su cuerpo no reflejaba luz ni sombra; solo resaltaban dos ojos rojos, ardientes como carbones. La oscuridad envolvía su silueta con absoluto negación del brillo. La figura alzó una mano.
—Muere —dijo el extraño ser.
Su mano cubrió el rostro del Supremo y, en un instante, la cabeza estalló. La fuerza del agarre fragmentó el cráneo; sangre y tejidos explotaron sobre el puente de mando. El horror paralizó a muchos; los que no estaban en shock comenzaron a disparar, y los que no pudieron moverse gritaron.
Los proyectiles impactaban, pero ninguno parecía hacer mella. El ser avanzó con pasos lentos hacia el panel central y manipuló controles que nadie más podía comprender. En un acto fulminante, dirigió la nave hacia el Vacío.
El teniente en armas se lanzó a la confrontación. Era una criatura singular: brazos largos y fuertes, pero en lugar de piernas se retorcían tentáculos. Con sus extremidades trató de atrapar al intruso.
—Eres un polposio —gruñó la criatura—. Tu raza es famosa por la inteligencia bélica. Pero ahora has cometido la mayor tontería de tu vida: atacarme.
Antes de ser completamente aprisionado, el polposio logró sujetar un tentáculo. En un apretón brutal, aquel tentáculo fue destrozado. Herido y enfurecido por la pérdida, el teniente arremetió con más furia; el extraño ser lo sujetó por debajo de la axila, lo doblegó y, con un golpe seco, le rompió las costillas y dislocó el brazo. El teniente cayó, inmóvil.
El intruso regresó al panel de control y puso la nave en marcha, fijando rumbo directo al Vacío. Al aproximarse, del abismo emergieron brazos que formaron una doble hélice alrededor de la nave y de la luz tintineante. El Vacío comenzó a contraerse; de ser tan amplio como un planeta, se redujo hasta quedar apenas algo mayor que la nave principal. Los apéndices del Vacío se fundieron con la estructura metálica, envolviéndola en un negro absoluto.
La luz luchó y lanzó destellos, pero de ella emergieron rayos que barrieron la flota. Una por una, las naves de la SGCE fueron destruidas.
—Vamos a la central de la SGCE —ordenó el ser extraño.
En el puente quedaba personal atónito, enmudecido por la carnicería que presenciaban. El capitán se levantó, negándose a obedecer más órdenes, pero fue entonces cuando otra figura negra, cubierta de polvo estelar y destellos, apareció. Tomó el asiento del capitán y se adueñó de la consola: calculó coordenadas y guió la nave.
—Activen anclajes para llevarnos al Vacío. Está todo listo; iremos ahora por los sistemas —dijo la voz áspera. En el puente aparecieron otros seis cuerpos extraños: tentáculos, múltiples brazos, dos cabezas; especies distintas, tamaños dispares. Cada uno asumió un puesto de control.
La nave lanzó anclajes hacia el Vacío, activó motores de propulsión y se lanzó a cruzar la frontera del abismo.
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