Las pecas de la luna. Capitulo 5
Mando Supremo de la SGCE
—Supremo Líder, tenemos—
—Sí, lo sé. La SGCE está inoperable. Debemos actuar. Convoca a las fuerzas, despliega las flotas de ataque y envía todas las naves ejecutoras a las condenadas de Sigma X3.
—Pero esas coordenadas llevan a la frontera con el Vacío...
—La única fuerza que desconocemos se encuentra en ese lugar. Envía todo y prepara mi nave. Que todos utilicen los Puentes de Luz para llegar. Tomen formación nivel cinco y esperen mi llegada.
—Entendido.
Mientras tanto, en Xochi-12...
Jeremías y Wian se encontraban en la base de los opositores, un complejo escondido ante cualquier radar.
—¡Se reportan varios cruceros de ataque moviéndose en diferentes sistemas! —gritaron desde el centro de control.
—Nuestro informante confirma acciones de nivel cinco por parte de la SGCE.
—Atacarán con armas estelares… piensan erradicar todo rastro de vida.
El pánico comenzó a expandirse. Cada alarma, cada punto rojo en las pantallas, era una palpitación de horror. Nadie imaginaba que la SGCE sería capaz de usar un poder tan devastador, capaz de erradicar un sistema entero.
—¡Debemos actuar! ¡Avisar a los sistemas, hacer algo! —gritaron desde otro punto de la base.
—Wian, tú eres la descendencia. Tu padre te encaminó por algo, ¡guíanos! —suplicaba un ser de piel traslúcida, con tentáculos que temblaban.
—Yo no sé... acabo de llegar, esto es nuevo para mí —respondió Wian, temerosa.
—¿Saben hacia dónde se dirigen esas naves? —preguntó Jeremías.
—La proyección de navegación indica que van hacia el Vacío Galáctico, señor.
—Gracias por el “señor”, soy Jeremías.
—Sí, señor Jeremías.
—Wian, según lo que me dijo tu padre, el Vacío es un hueco en el espacio. ¿Por qué irían ahí?
—¿Qué te contó mi padre?
—Mira, ven. Hagamos algo —dijo Jeremías, tomando su mano.
Jeremías metió la mano en su mochila y pensó en un punto donde pudieran respirar dentro del Vacío.
—Cierra los ojos y confía en mí, Wian.
Cuando ambos los abrieron, todo era negro.
—No me sueltes, Wian.
—¿Dónde estamos, Jeremías? —preguntó por telepatía.
—En el Vacío. Estamos dentro del Vacío —respondió de igual forma.
—Nunca había estado en un lugar donde no se viera nada... donde no se escuchara nada. Es un vacío, pero… ¿por qué estamos vivos?
—No lo sé.
—Un terrícola y una yuniana… ¿se puede saber qué hacen con la Centinela de Luz? —preguntó una voz áspera, vieja, que resonó dentro de sus mentes.
—¿Qué es una Centinela de Luz? —preguntó Jeremías.
—Vuelvo a preguntar: ¿qué hacen un terrícola y una yuniana con la Centinela de Luz? —La voz se volvió más fuerte, más cercana.
De pronto, aquel vacío sin luz ni sonido mostró a lo lejos dos luces rojizas, tan intensas como el brillo de una estrella.
—Jeremías… esas luces no estaban ahí. Parecen intensificarse con el tiempo —dijo Wian.
—Solo los Caballeros del Vacío pueden portar esos objetos. Solo ellos pueden entrar aquí. Mi última advertencia: ¿cómo es que un terrícola y una yuniana poseen dicho artefacto? —tronó la voz, ahora casi encima de ellos.
La luz se apagó.
—¡Jeremías, sácanos de aquí! ¡Te estoy agarrando, vámonos ya! —gritó Wian, aterrada.
Jeremías pensó en la base secreta, los seres que había visto, las pantallas… Todo pasó por su mente en un instante. Justo antes de transportarse, dos ojos rojos, intensos como el fuego, se abrieron frente a ellos.
—Llegamos, Wian —dijo Jeremías entre el polvo y los destellos.
Ambos estaban de vuelta en la base.
—¿Cómo es que se fueron y regresaron sin que las alarmas sonaran? —preguntó Azhumii, incrédula.
—¿Jeremías… qué fue eso? —preguntó Wian, aún temblando.
—Eso… es la razón de todo. Aquellos ojos sabían de qué planeta veníamos y preguntaron por la Centinela de Luz. ¿Cómo pueden saberlo con tanta exactitud? Además, tu padre me dijo que nada podía existir en el Vacío, y nosotros pudimos respirar, hablar… igual que esos Caballeros que mencionó.
—¿Que mencionó quién? —interrumpió Azhumii.
—Azhumii, ¿tienes a alguien aquí que sepa sobre el Vacío? Necesitamos saber cómo eran sus habitantes antes de que desaparecieran.
La conversación se interrumpió cuando las alarmas estallaron. Todas las pantallas mostraron un símbolo rojo de advertencia.
—¿Qué está pasando? —gritó Azhumii.
—¡El sistema de protección planetaria está encapsulando los mundos de todos los sistemas! —respondieron los técnicos.
Todos corrieron hacia el exterior. Desde la entrada, vieron cómo a lo lejos los cielos se iluminaban con explosiones dentro y fuera del escudo planetario. Las naves que intentaban escapar eran consumidas en un instante.
—¡Azhumii, tenemos reportes de varios planetas! ¡Todos están siendo encapsulados! No permiten entrada ni salida —informó la teniente Herfy.
—Wian, tu padre sabía que la SGCE tramaba algo… pero esto… ¡esto es mayor de lo que él imaginó! —dijo Azhumii.
—¿Y la SGCE? ¿Ya llegaron al objetivo? —preguntó Wian.
—Están por llegar. Bajemos a la pantalla central, ahí podremos ver su ubicación exacta —respondió Azhumii.
Dentro, el silencio era absoluto. Un frío pesado se apoderaba del aire. Nadie hablaba; todos observaban las transmisiones de los sistemas vecinos, viendo cómo las flotas eran destruidas.
En la pantalla principal se mostraba la formación completa de la SGCE, rodeando el Vacío. Era una fuerza colosal, imparable. Ningún planeta podría resistirles.
Un Puente de Luz apareció. De él emergió la Nave Central, tan grande como un satélite natural, con el poder suficiente para destruir un sistema entero.
En un microinstante, del Vacío emergió una pequeña nave de un solo pasajero. Avanzó lentamente hacia la Nave Central y, al acercarse, explotó.
Luego, otra nave —con el emblema de la SGCE— hizo lo mismo frente a una nave artillera.
Después, más y más naves comenzaron a aparecer y explotar una tras otra, todas vacías, sin tripulación.
Cuando las detonaciones cesaron, el horror comenzó.
Del Vacío surgieron cuerpos…
Cuerpos de distintos seres arrojados en todas direcciones. Algunos golpearon las naves de la SGCE. Se podían reconocer sus ropas, sus especies… pero no respondían. Eran solo fragmentos del pasado flotando entre las estrellas.
—Supremo Líder, los cuerpos… algunos parecen ser de la División de Exploración Galáctica de hace años. Otros, comerciantes por sus prendas —informó el capitán.
—¿Quiere que hagamos algo?
De pronto, un cuerpo chocó contra el cristal de mando. El silencio reinó.
El uniforme era antiguo, de la SGCE. Estaba pegado al vidrio, inerte.
Y entonces, del interior del casco, un vaho empañó el cristal.
—Eso… eso es… —murmuró un técnico.
Todos se acercaron. El capitán, lentamente, dio un paso más hacia el cuerpo.
—Supremo Líder… al parecer el cuerpo está emanando calor… —dijo, sin apartar la vista.
El Supremo giró hacia el cristal.
Y el cuerpo abrió los ojos.
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