Las pecas de la luna. Capitulo 4

La célula de seguridad empezó a temblar. Un campo rodeaba toda la estructura, como un escudo brillante. Se escuchó un motor, y en un parpadeo aquel lugar comenzó a quedar atrás. Veíamos cómo los escombros del recinto se mezclaban con tierra y piedras mientras quedaban atrás. La luz del sol nos cegó momentáneamente. A lo lejos, explosiones y destellos iluminaban el horizonte. No sabíamos quién estaba atacando.
Wian me señaló un objeto.
 —Mira… esa cosa está aterrizando —me dijo.
El objeto, para mi asombro, solo podía describirse como una enorme roca. Su figura era la de un huevo, pero con aspecto pétreo. Lo vimos aterrizar en un campo verde: sus propulsores se apagaron y una compuerta se abrió. De aquel objeto emergió una figura negra, sin color, sin sombra. El sol no reflejaba ninguna luz en ese cuerpo: solo el infinito negro lo rodeaba. A medida que la célula se alejaba de la aldea, sentía su mirada penetrante, fría y llena de odio, observándonos fijamente. La figura permaneció inmóvil.
En un instante, ya solo veíamos las nubes. Pronto quedé estupefacto: estábamos en el espacio. Las estrellas y los planetas se desplegaban frente a nosotros. El silencio era absoluto. Pocos de los que viajaban en la célula estaban distraídos; el resto estábamos perplejos con la imagen del cosmos, los cuerpos celestes y la inmensa naturaleza. A lo lejos podían observarse distintas naves.
 —Esa es la ruta del tratado comercial. Son comerciantes que viajan entre planetas llevando recursos y suministros a este sistema —aclaró Wian—. Para ti todo esto es nuevo, ¿no?
 —Solo en películas había visto algo similar, pero esto es más impresionante —respondí—. ¿Tú ya habías visto el espacio?
 —Mi padre a veces me llevaba a reuniones en otros planetas. Tengo amistades en todo el sistema y también en la SGCE. Las primeras veces estuve igual que tú.
 —No me cansaría de ver esto —le dije.
 —¿Alguien sabe adónde nos dirigimos? —preguntó uno de los diplomáticos—. Nuestro planeta fue atacado, la SGCE fue atacada… ¿cómo podemos estar seguros?
 —Vamos hacia una zona segura. Esta cápsula y otras más se programaron para catástrofes. Nos llevará a sobrevivir —dijo Wian.
 —¿Sobrevivir dónde? ¿Quién dice que no somos los últimos de nuestra especie? ¿Quién te puso a cargo? Solo por ser hija del jefe no significa que tengas las facultades para liderar —respondió el diplomático.
 —¡Queremos respuestas! —gritaron varios.
 —Todos estamos nerviosos —aclaró Wian—. Debemos esperar a llegar a la zona segura. Ahí podremos decidir. De nada sirve angustiarnos ahora.
 —Yo no los conozco —intervine—. Todo esto es nuevo para mí, sobre todo el espacio. Creo que soy el más temeroso de ustedes. Ustedes se conocen; yo soy de la Tierra. Confío en lo que el viejo me dijo: “Súbete a la célula; los llevará a un lugar seguro”. Si él nos mandó aquí, fue por algo. Confíen en él.
 —También me dijo que cuidara de ti —le transmití a Wian, telepáticamente.
 —Jeremías, cuando quieras hablar telepáticamente con alguien, debes pensar en esa persona. Si hablas con la intención de comunicar, todos podrán escucharte —respondió alguien en mi mente.
 —Ven, todo esto es nuevo para mí —les dije en voz alta.
Todos reímos.
 —Agradezco que cuides de mí —me dijo Wian en silencio mental, apoyando su cabeza en mi hombro mientras me explicaba los nombres de los planetas y estrellas que veíamos.
Seguíamos navegando a un rumbo desconocido cuando un planeta se mantuvo firme en nuestra trayectoria. Pensé que era la Tierra, ya que se veía como en las imágenes.
 —Al parecer iremos a Xochi-12 —dijo un diplomático—. Es un planeta pacífico, neutral para varios sistemas. Tiene un puerto mercantil y una gran colonia minera.
 —¿Qué minerales son importantes aquí? —pregunté.
 —Ustedes aún utilizan materia fósil para subsistir. Xochi-12 extrae exiofrito, una piedra cristalina púrpura. Procesada, una pieza del tamaño de un lunar puede dar energía a un planeta entero. También es el mayor proveedor de exiofrito para la SGCE. Será interesante ver qué pasó con la industria tras los ataques.
 —Ustedes, los diplomáticos, conocen las bases de cada planeta. ¿Cuál sería la razón de un ataque al suyo? —pregunté.
 —Nuestro planeta no era un pilar fuerte del sistema. Lo que más teníamos eran criaturas para diversos propósitos, como el pez que llevas contigo. Ese pequeño animal puede hacerte entender y comunicarte con cualquier especie del universo. Tenemos también un ave cuyas heces secas se convierten en diamantita, un soldador galáctico que canaliza la luz y la potencia 500%. Y un calamar cuya tinta es un líquido cicatrizante que regenera heridas y órganos vitales. Vivimos en armonía con ellos, no los industrializamos. Eso podría ser causa de ataque, pero la mayor razón, a juicio diplomático, serían las conexiones del anciano con otros sistemas. Él no era rebelde ni luchaba contra la SGCE. Buscaba soluciones pacíficas. Quitar a ese pilar era clave para imponer una industria armamentista —respondió el diplomático.
 —Pero ¿quién buscaría una guerra? Si la SGCE está a cargo de la unión de todos, ¿quién se opondría a un orden que los beneficia? —pregunté.
 —Siempre habrá algún radical que busque imponer su verdad como única —explicó.
 —Mira, ya entramos en el planeta —me dijo Wian—. Ahí está la zona minera; de este lado puedes ver el puerto comercial, como una ciudad inmensa de comerciantes. Apostaría a que encontrarás cosas de tu Tierra. Mira, de este lado está la gran laguna, con tierras de cultivos. Es tan amplia que tardarías días en atravesarla.
 —Son tan evolucionados que no saben lo que es un océano. Nosotros a un cuerpo de agua tan grande le decimos océano —le dije.
 —Ustedes usan varias palabras para algo que solo crece de tamaño —rió ella—. Mira, acá está la selva reina, donde habitan aldeas tradicionales. Es un lugar paradisíaco.
 Wian se quedó callada por un instante, parecía editar lo que diría.
 —Jeremías, al parecer nos está llevando a las montañas rojas. Pocos se atreven a entrar. No hay mucha vegetación ni animales. O a la tierra oscura, donde los árboles son tan altos que la luz no llega al suelo. No te alejes de mí. Quiero entender por qué mi padre nos alejaría de la civilización y por qué ninguna otra cápsula vino hacia acá —me dijo telepáticamente.
 —Parece que iremos a las montañas rojas o a la tierra oscura. Ningún destino es bueno —dijo un diplomático.
 —Esperemos a ver adónde nos lleva —dijo Wian a todos.
La célula pasó por encima de montañas que emanaban lava. Erupciones constantes teñían el aire de rojo. Incluso el escudo de la célula no podía evitar el calor. Atravesamos y volamos sobre copas de árboles altísimos, semejantes a pinos infinitos. La cápsula comenzó a descender. Las ramas crujían, algunas tronaban y otras se oponían al escudo.
Al llegar al suelo, la cápsula se abrió, emitió un sonido y el escudo se apagó.
 —Podemos salir —dijo un diplomático—. Falta ver qué encontramos.
Se escuchaban animales a lo lejos, aves y viento. El suelo estaba cubierto de hojas grandes y alargadas. El frío se sentía intenso. Empezamos a rodear el área donde aterrizamos, buscando alguna señal, pero no hallamos nada.
 —Jeremías, ven conmigo. Alguien nos acecha desde las alturas —me dijo Wian. Me acerqué poco a poco hasta estar junto a ella. Entonces, un ser extraño salió detrás de un árbol.
 —Wian, ¿eres tú? —preguntó.
 —¿Azhumii? ¿Eres la pequeña Azhumii? ¡Cuánto tiempo pasó! —exclamó Wian, alegre.
 —Llevamos aquí desde que tu padre nos envió en una misión. Dijo que algún día vendrías y debíamos tener todo preparado —respondió Azhumii.
 —Mi padre hizo todo esto… ¿por qué? —preguntó Wian.
 —Ven, te mostraré —dijo Azhumii.
 —¡Espera! ¿Cómo sabemos que es de confiar? Ya viví lo de una cosa gelatinosa que se transforma en recuerdos para luego querer comerte. ¿Por qué ningún diplomático está hablando? —dije.
Al voltear, mi sorpresa fue ver a todos los diplomáticos y acompañantes cargados como costales por personas rojas que habían aparecido.
 —¡Azhumii! ¿Qué está pasando? —exclamó Wian.
 —Tu padre organizaba personas para oponerse al plan armamentista de la SGCE —dijo.
 —Lo sé.
 —Descubrió que la SGCE no era lo que parecía. Obtuvo planos de la Nova Ex, un planetoide capaz de inyectar semillas en núcleos y lanzar misiles. Implementó un plan con aliados para oponerse. Nuestra misión fue crear una base secreta aquí, en estos árboles que bloquean radares. Para la SGCE, esta zona es inhabitable. Por eso construimos la base de la oposición.
 —¿Pero por qué noquear a nuestros acompañantes? —pregunté.
 —Tú eres Jeremías. Nos avisó de tu llegada y de que podrías tener un papel importante gracias al artefacto que llevas. Nos dijo que ustedes dos serían la voz de la oposición: un terrícola y una yuniana.
 —Yunianos… así se les dice a ustedes —interrumpí.
 —Como decía, tu padre, Wian, era nuestro líder. Creemos que tras el ataque ya no esté con nosotros. Deben seguirme para saber todo lo que ha pasado en el sistema. Por aquí está la entrada —aclaró Azhumii.
Nos guió hasta un montón de hojarasca y ramas, solo una fachada. Abrió una puerta con sensor: escaleras subterráneas descendían. Bajamos unos treinta escalones. Frente a nosotros se extendía una sala amplia, repleta de pantallas y computadoras. Seres de diferentes planetas se movían de un lado a otro. Un pulpo grande como yo operaba cinco ordenadores al mismo tiempo. En la pantalla central aparecían distintos planetas marcados con una X roja. Otra pantalla mostraba nombres de sistemas con zonas tachadas.
Entendí, en ese momento, que mi existencia, tan minúscula hasta entonces, había cambiado por completo.

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