Las pecas de la luna. Capitulo 3

Oficina central de la SGCE.
 —General, recibimos un mensaje urgente del sistema Axzhu, planeta Ikh-zhu —informó la comandante, con la voz tensa—. Describen la aparición de un humano proveniente de la Tierra que porta unos hongos capaces de teletransportar a distintos sistemas del SGCE.
 El líder de la aldea Häckti Uizhu los probó: viajó a dos sistemas y regresó sin que nuestros radares galácticos detectaran el salto.
 El general, un ser de piel opalina y ojos de cuarzo, dejó caer un silencio de plomo.
 —Envíen una unidad de investigación de nivel dos —ordenó al fin—. Agentes de varios sistemas, dos diplomáticos de mundos lejanos y un comandante del planeta Puix: su reputación de pacifistas servirá de mediación. Quiero activado el rastreo interplanetario de genes y un inspector de recuerdos. Necesito un informe detallado de lo que ese humano ha visto… y de cómo atravesó cincuenta y ocho sistemas sin que nadie lo advirtiera.
 Aldea Häckti Uizhu.
 —Jeremías, ¿recuerdas con quién estabas antes de aparecer aquí? —preguntó el anciano líder.
 —Sí… con mis amigos —contestó él, con un nudo en la garganta.
 —Piensa en uno de ellos. No hables: solo imagina su nombre, su rostro.
 Jeremías obedeció. El anciano activó el hongo con una mano y apoyó la otra en la frente del joven. Un resplandor líquido los envolvió. En un suspiro, la aldea se desvaneció.
 Planeta Yui-13 (o quizá una de sus lunas).
 La humedad era densa, casi viscosa. Palmeras de más de quince metros, con troncos tan gruesos como un vehículo, formaban un cielo de hojas dentadas. Arbustos del tamaño de un hombre respiraban como bestias dormidas. El aire olía a sal y a un dulzor que hería la nariz.
 —Estamos en Yui-13… o en una de sus lunas —susurró la voz del anciano, esta vez solo en su mente—. Mantente inmóvil, Jeremías. Nos acechan. El pez que habita en tu oído nos permite esta conexión mental.
 —¿Eres tú? —preguntó una voz quebrada.
 —¡Azul! —gritó Jeremías.
 —¡No te muevas! —ordenó el anciano.
 Entre los arbustos apareció una figura humana: era Azul. Jeremías dio un paso, pero un rugido rasgó el aire.
 Un felino de seis patas, dos colas y mandíbulas traslúcidas se abalanzó. Su zarpazo abrió la carne de la aparente Azul, y de la herida brotó un líquido rosado. Los brazos de la figura se derritieron en gelatina con ventosas circulares.
 —¡Es un copiador! —la voz mental del anciano retumbó como un trueno—. ¡Corre!
 Rodearon al felino y se internaron en la selva hasta hallar, colgada de una palmera, a la verdadera Azul. Su cuerpo estaba cubierto de lodo y sangre seca. Jeremías la desató con manos temblorosas.
 —Jeremías… eres tú… —susurró ella antes de caer desmayada.
 —¡Listo, jefe! —gritó el muchacho mientras la cargaba.
 De los matorrales surgieron seres armados con lanzas y antorchas.
 —¡A casa! —ordenó el anciano—. Tócame el hombro.
 Jeremías apenas lo rozó cuando una luz brutal los envolvió. Chispas, humo luminoso… y ya estaban de regreso en la aldea.
 —¡Curanderos! —rugió el anciano—. Sanen a la chica.
 Jeremías depositó a Azul en una camilla de hojas.
 —Confía en ellos —le susurró—. Te van a cuidar.
 —Gracias… por rescatarme —murmuró ella, antes de perder la consciencia.
 El anciano observó el hongo. Sus estrellas internas parpadeaban con distinta intensidad.
 —Los viajes dejan un registro —explicó—. Mira: aquí Yui-13, los otros dos planetas… la Tierra… y… —su voz se quebró— …el Vacío.
 —¿El… qué? —preguntó Jeremías.
 —Un lugar más antiguo que la memoria. Hace trece mil años de tu tiempo, dos civilizaciones en guerra liberaron el núcleo de su planeta en polos opuestos. El mundo estalló; su sol murió. La oscuridad devoró todo: planetas, luz, incluso las ondas galácticas. Ninguna sonda ha regresado. El Vacío no se expande ni se contrae. Simplemente… está.
 Y, Jeremías… antes de llegar a la Tierra, este dispositivo pasó por allí.
 Jeremías sintió un frío que no era del aire.
 —Eso… eso es imposible.
 —Muy pocos saben de su existencia —dijo el anciano, con un brillo de terror en la mirada—. Solo los grandes líderes.
 Un mensajero irrumpió.
 —Señor, rastreamos el punto de aparición del terrícola. Hallamos huellas hacia la gran laguna. Los sensores detectan un ser de raza desconocida en el planeta.
 —¿Noticias de la SGCE?
 —Envían una comitiva. Llegará al anochecer.
 El anciano miró el horizonte.
 —Tenemos cinco dikes antes de la noche. Desplieguen las naves. Levanten la seguridad. Rastreo genético completo. A partir de este momento… estamos bajo ataque.
 —¡Entendido! —respondieron sus guerreros.
 —Jeremías, ve con Azul al Recinto del Conocimiento. Allí estarán seguros. Guarda el hongo.
 El muchacho asintió.
 Dentro del Recinto, un sonido de alarma desgarró el aire. Una pantalla de luz proyectó el rostro de un alto mando de la SGCE. El pánico se expandió como un incendio: el miedo se volvió una sola mente.
 —Wian —susurró Jeremías—, ¿dónde podemos escondernos?
 —Sígueme. Mi padre diseñó este recinto como una célula independiente. Si todo se derrumba, la célula se sellará y nos transportará a una base oculta.
 —¿Por qué tu planeta correría peligro? ¿Y Azul?
 —Sigue en la enfermería, estabilizándose. La traerán.
 Entonces, una explosión estremeció los cimientos. Los pilares del recinto se tornaron de un azul incandescente; un escudo de energía surgió.
 A lo lejos, por un pasillo envuelto en humo, Jeremías vio a Azul sonreír…
 Cuando ella corrió hacia la célula, otra explosión la detuvo. Un alud de escombros la cubrió.
 Solo una mochila rodó hasta los pies de Jeremías: la que guardaba el resto de los hongos.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Las pecas de la luna. Capítulo 2

Un nuevo amanecer

Ataque en Xochi-ï XII