Las pecas de la luna, capítulo 1

Capitulo 1
—¿Dónde… dónde estoy? ¿Qué es este lugar? —murmuraba mientras se levantaba, con las rodillas temblorosas y la mirada perdida.
Esto no era el maizal donde me había quedado dormido. Lo último que recuerdo es recostarme entre los tallos dorados de la cosecha familiar. Y ahora… esto. Nada aquí me resulta familiar. Todo parece distinto, ajeno, casi alienígena.
Las plantas que me rodean tienen colores imposibles: hojas grandes y redondeadas con manchas rosa intenso, flores del tamaño de mi cabeza, pétalos hinchados como globos, que despiden un hedor insoportable, como rata muerta en verano.
El cielo… ¡el cielo! Ya no es el mismo. Antes, solo la luna coronaba las noches. Ahora puedo ver, completo y cercano, un planeta inmenso suspendido en el firmamento, con mares azules y manchas blancas que parecen respirar sobre mí.
—¡Hola! ¿Alguien me escucha? —grité, dando vueltas en círculos, la desesperación trepándome por la espalda.
El viento agitaba unos árboles que parecían hechos de espuma verde. Se ondulaban con el aire, como si estuvieran vivos y respiraran conmigo.
Entonces lo escuché: un galope lejano. La tierra vibraba bajo mis pies.
—¿Qué es eso…? —susurré, paralizado.
—¡Ayuda! ¡Aquí! —empecé a saltar y agitar los brazos.
A lo lejos, entre la neblina, aparecieron criaturas semejantes a caballos, pero su crin eran tentáculos azules tornasolados que se retorcían como serpientes vivas. Montados sobre ellos, venían seres humanoides de piel rojiza, de cuerpos firmes y musculosos. Hombres y mujeres casi idénticos salvo por los rasgos finos de los rostros y los senos o caderas marcadas. Sus ojos avellana parecían brasas, y el cabello negro con franjas blancas caía como pintura derramada.
Vestían taparrabos de cuero áspero, sin calzado; sus pies desnudos golpeaban con rudeza la tierra como si fueran parte de ella.
Uno de ellos alzó su lanza y gritó:
—¡Khyet khath!
—Hola… ¿Dónde estoy? —alcancé a responder con voz rota.
El ser lo repitió, más áspero:
—¡Khyet khath! ¡Khyet hud? —me señaló con la punta afilada.
—No sé… yo estaba allí —señalé el pasto húmedo—, me quedé dormido y cuando abrí los ojos…
No pude terminar. El golpe llegó sin aviso, un estallido seco en la sien. El mundo se dobló hacia la oscuridad.
—Kulicht yampa tlehuit —dijo el mismo que me había derribado, mientras montaba de nuevo a su bestia.
Sentí cómo me amarraban, cómo cubrían mi rostro con algo áspero y húmedo. Me levantaron como si no pesara nada y me subieron a uno de esos corceles de tentáculos.
Antes de perder la conciencia, una última frase resonó en mis oídos:
—Yihiat kukull.
Y entonces, el galope empezó.

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