Opiniones 1

Opiniones I

¿Qué es más grosero que ignorar a una persona cuando te habla?

Vas caminando por la calle, hundido en tus pensamientos, defendiendo tu momento, tu espacio. Alguien te habla, pero decides no responder. No le devuelves ni una mirada, ni un gesto, ni siquiera el desprecio. Lo ignoras. Lo anulas.
En ese instante se parte la voluntad del ser humano: por un lado, el que no quiere compartir ni el aire con otro; por el otro, el que exige atención, que implora ser visto, escuchado, validado… sin importar nada de lo que te pase a ti.

Dos cuerpos, dos conciencias, dos historias cruzadas por azar o destino. Unidos por un instante que puede ser tan breve como devastador.

¿Quién es digno de ayuda?
¿Y qué es la gratitud en ese contexto?

La gratitud —esa palabra enorme que nos enseñaron desde la infancia— puede volverse tan relativa como el discurso que se usa para invocarla.
¿Quién cuenta la verdad cuando pide algo en la calle?
¿Quién puede jurar que no está mintiendo?
Y más aún: ¿quién te convierte a ti en juez, en fiscal, en víctima?

Porque en ese momento —cuando das una moneda, un taco, un gesto de atención— estás confiando en ese desconocido más que en tu propia familia. Le estás dando tiempo, dinero, energía.
Parte de ti.
Y no porque quieras, sino porque no supiste decir no.

Pero cuando la cortina cae —cuando se descongela la máscara de ese actor callejero—, descubres la verdad. No la suya: la tuya.
Descubres que fuiste manipulado.

Y eso…
Eso no es caridad.
Eso es un hurto simbólico: de tiempo, de atención, de recursos.
Un secuestro emocional con el que ese individuo se apropia de tu culpa para disfrazarla de bondad.

No hay diferencia entre ese ser y un político:
ambos te piden algo que no les debes,
ambos venden una historia,
ambos te roban sin violencia,
y ambos…
lo hacen con una sonrisa.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Las pecas de la luna. Capítulo 2

Un nuevo amanecer

Ataque en Xochi-ï XII