El artista

El artista


—¡Necesitamos una colección nueva! —gritó una voz, firme como un látigo.


—Tus otras obras se vendieron bien. Esperamos que esta también. ¡Ya hay clientes esperando! —añadió otra, impetuosa y voraz.


—Necesito un descanso... —fue la única voz distinta: cansada, quebrada—. No puedo continuar con este ritmo. Me arden las manos, la cabeza es un tambor sin fin. Dejó de comer por intentar plasmar esa realidad que, a veces, apenas logro vislumbrar… cuando mis pensamientos se calman, cuando el silencio me permite mirar hacia adentro.


—¡No nos importa! ¡Pintarás hasta que no puedas levantar un pincel! —sentenció una tercera voz, más grave, más firme, más inhumana.


El pintor se levantó.


Su cuerpo era una ruina: hombros vencidos por la gravedad, columna doblada como rama seca, pasos arrastrados por el peso de un alma en descomposición.

Tomó el pincel.


La pintura goteaba. No era pintura. Eran lágrimas que no sabían llorarse. Gotas que diluían la paleta, deformando los colores, ensuciando el blanco virgen del lienzo con la tristeza de alguien que ya no siente.

Que solo obedece.


La agonía del artista tomó forma. Su dolor se volvió figura. Su desesperanza, contorno.


El cuadro, ahora manchado, blasfemado por una acción sin deseo, mostraba tres siluetas saliendo de una cabeza agónica, abierta como una fruta madura. Los rostros eran sombras deformes.

Una gritaba. Otra exigía. La última callaba… pero observaba, como un dios olvidado.


Había pintado su propia condena.

Una existencia en la que los demonios internos y las voces del mundo se manifestaban como entes ajenos a él, pero inseparables. Como si su mente fuera un nido. y ellos, las serpientes.

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