C.L.
C.L.
Aquella tarde, el cielo se tornó gris.
De un día soleado pasamos, sin aviso, a un clima tormentoso.
Ráfagas de viento tan feroces golpeaban el cuerpo como clavos hundiéndose en madera. La tierra misma se estremeció como nunca antes. No parecía un evento natural. El temblor era como si dos mil cabezas de ganado galoparan a centímetros de nuestros pies.
Y luego… sentimos frío. Un frío que no venía del aire, sino de dentro. No había calor, no había sol, y mucho menos luz. La esperanza se había ausentado.
Todo esto lo vi con mis propios ojos. Ya no tenía la vista dañada. No puedo decir que fue un milagro —pues ni siquiera se nos permite creer en tales cosas—, pero si pudiera usar una sola palabra para describir lo que sucedió… sería esa: milagro.
Aquel fluido que tocó mi rostro… ahora pienso que no debió haberse desperdiciado en alguien como yo. Ahora pienso que cometimos un error. Pero hablar de ello sería una ejecución inmediata. Y no importaría. Porque quizás… lo merezca.
Nuestra misión era clara: la grandeza. Proteger los designios de Roma. Mantener su gloria intacta. Todos servimos al Imperio. Todos obedecemos.
Pero ahora tengo dos ojos. Y con ellos, vi más allá de lo que se me permitió. Más allá de lo que nos enseñaron.
Él me mostró otra cosa. No podría hablarlo con mis compañeros. Ni con sus seguidores. Debía seguir adelante. Cargar la duda como quien carga una piedra bajo la lengua.
Y vivir preguntándome:
¿Era eso el bien? ¿Hice bien con mis manos y mi lanza?
¿Dañé algo puro que caminaba entre tanta obscenidad? ¿O fuimos nosotros quienes, por miedo, deformamos lo desconocido? ¿Y por eso ahora puedo ver?
No hay vuelta atrás. Solo queda avanzar pero la duda… Esa siempre caminará a mi lado.Será mi cruz.
Mejor dicho:
será la cruz donde moriré.
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